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que tenemos ganas.

…más de las habituales, de hacer aquello que nunca hicimos. No me refiero a cambiar de vida radicalmente. Eso otra vez no. Que sí, que también. Pero quizás no tan radicalmente como la vez anterior. Sí, me refiero a ti. Me refiero a hacer aquellas cosas que no sabemos que poder hacer por primera vez y que, de repente, surgen. No es algo que se haya deseado con premeditación. Son esas cosas que podemos y nos reprimimos a hacerlas por culpa de un sistema de clasificación social mal visto, o quizás por un tema personal.

Somos personas, e incluso somos almas. Tenemos la capacidad de valorar, de apreciar, de querer y también de sentir. Lo explicaré con un ejemplo. Imaginemos que estamos a punto de embarcar. Concretamente estamos en el bus, ese que lleva a los pasajeros hasta el avión que se encuentra en medio de la pista. Pero, además, imaginemos que esta vez, a diferencia de todas las veces que subiste a un avión, te colocas entre los últimos pasajeros. Quizás para sentir, por primera vez, la misma sensación de aquellos que han estado a punto de perder el vuelo. Entre todos esos, una familia ha estado a punto de quedarse en tierra. Un hombre, su mujer y los dos niños. Los observas, porque parecen guiris, pero no lo son. Hablan un catalán perfecto. Mientras intentas adivinar cuáles fueron los cruces entre sus antepasados, el hombre se queja y saca un dedo ensangrentado de su bolsillo. Nada alarmante, seguramente sería el típico padrastro rebelde. El tamaño de su dedo lo hacía parecer más grave, pero no. Seguramente si hubieras presenciado esa escena en directo, como lo hice yo, tu cara hubiese expresado cara de repugnancia, como la mía. En ese momento, si tuvieras una tirita, ¿se la darías? Yo sí. Recordé el daño que me suelen hacer los zapatos y, por primera vez, le ofrecí una tirita. Tan extrañado se quedó el herido que lo contó como una anécdota a su mujer, quien se giró un mostró su agradecimiento con palabras, y con una sonrisa también. No estamos acostumbrados a hacer esas cosas por primera vez.

Con una sensación de “¡Sí!”, subí por la cola del avión. Nunca lo había hecho.

Ley de Murphy
o
Autopsicología inversa?

cuando caminamos. 

Buenos Aires. Marzo, 2012.

¿Qué haces aquí?
Creo que, a veces, me lo preguntan por si se me olvida preguntármelo a mí misma.

que no sucede nada. 


Tras ver una película.

Acabo de ver una película. Hacía tiempo que una película no me impactaba. Aunque la última que lo hizo fue la última que vi: Into the wild, y ya hace tiempo. Tendría que ver más películas. Al fin y al cabo reflejan ciertas vidas: los que viven la guerra, los que viven el amor, el desamor, los sueños, vivir en fantasía, los que buscan encontrarse o los que se inventan una forma de vida. A todos nos pasa. Todos tenemos en nuestras vidas una parte de cada una de esas películas. Una escena puede representar, incluso, una vida entera. Mientras las vemos es inevitable compararnos con el personaje o pensar que eso también nos pasa a nosotros. Frases que repiten muchas de las que alguna vez dijimos, y también idénticas a algunas que hemos escuchado. Queremos ser los héroes y también los malvados, porque los malos, a veces, también son buenos, y vulnerables.

“Ardería en el infierno para asegurarme que mis hijos están a salvo”.
Michael Corleone.

Ocurrió ayer que alguien preguntó
si no podíamos volver atrás. Claro que no, porque es lo de atrás lo que a veces, sin pedírselo, vuelve hacia delante. 
Que despiertas cuando no puedes dormir.

Ocurre a veces que despiertas, pero no abriendo los ojos. Despiertas de repente, sin más. Mentira, despiertas después de dar mil vueltas en la cama. Cambio de planes. Las cosas ya no siguen el ritmo, ni el camino, ni los sueños. Ha pasado algo y ya no deseas que las cosas lleven el mismo rumbo. Te planteas, te plantas. Eso ya no es así, aunque haya sido defendido cuatro minutos antes. Ya no cuenta. Y ahora lo que no contaba, importa. Y es ahí donde sucede el cambio, eliges otra opción. Pues las situaciones no son para siempre. Las cosas tienen otra forma, se transforman. 

Hace un rato no podía dormir y he despertado. 

Entre el sujeto A y B

A, es A porque no interesa su identidad. Con B sucede lo mismo. El sujeto A y el sujeto B no se conocen, aunque tienen una cosa, quizás dos, en común: ambos son escritores. 

Se encontraron, casualidades de la red, en un lugar donde sólo tienen cabida 140 caracteres. Y qué puede pasar entre las palabras de un sujeto A, hombre, y de un sujeto B, mujer? Está claro. Sólo sexo. Ocurre a veces que hay sexo donde sólo son dos sujetos. 

Aprovechando algunas de sus aptitudes empiezan a construir un relato entre los dos. Tú pones el escenario, yo pongo los hechos. Tú incitas a una situación, déjame a mí los detalles. Y así, un poco tú y otro yo, empezaron a sacar los Trapos sucios.  

Pero A y B rompen un poco con lo desconocido y se encuentran, relato en mano. 22 páginas por delante y un par de cervezas deciden presentar la historia bajo el mismo tono. Un buzón cualquiera será el cajón de Trapos sucios durante unas horas. 

– ¿Qué estás leyendo? –le pregunta un compañero de trabajo.

– ¿Yo? Nada, nada. –Responde, algo nervioso, A. – Es sólo… es sólo un tweet.

– ¿De quién?

–De alguien que no conozco.


Que quiero pender de este hilo.